The Bewilderment of Chile foto de grupo

“Un universo particular y fuera de norma”.

Primera crítica de “The bewilderment of Chile” en la prestigiosa Página 12 por Diego Brodersen, crítico de cine, docente y programador de la sala Leopoldo Lugones, además de colaborador en el Festival de Mar del Plata.

“Como en sus films anteriores, la directora construye una historia coral y polifónica en la que el humor decanta en una sensación de tristeza.

“soi gallega-chilena / and / alwais preferiré / cleaning too many / tables de burger king / o de blue-pulp / q salir 03 horas / with other peuple”.

Para el conocedor, la particular grafía spanglish con ortografía sin aprobación de la RAE o el diccionario de Oxford resultará más que familiar. Para el advenedizo, en cambio, el texto que abre The Bewilderment of Chile (en pantalla las mayúsculas son eliminadas) resultará un objeto extraño, tal vez incomprensible.

El último largometraje de la prolífica realizadora argentina Lucía Seles, estrenado durante el último Bafici y ganador del premio del público en el Festival de Gijón, erige, como el resto de su obra, un universo particular y fuera de norma, aunque el seguidor de sus películas, una decena desde que se diera a conocer Smog en tu corazón en 2022, reconocerá las marcas narrativas, como así también las de forma y ritmo, desde la primera escena.

The Bewilderment of Chile es una suerte de continuación/secuela de The Urgency of Death (2024), y su historia vuelve a ubicarse en la ciudad de La Plata. La sinopsis, tan superficial que no podría dar cabal idea de todos los acontecimientos y anécdotas que la atraviesan, podría comenzar diciendo que una familia de hermanos e hijos nacidos en Lugo, España, maneja las dos sucursales de la confitería Ritz platense, cuya sede central es una verdadera institución de la capital bonaerense. Tanto como su competidora, la coqueta París, emplazada a pocas cuadras de distancia y que aparece fugazmente en el film como si se tratara de un enemigo mortal (sólo el platense de alma podrá comprender la dimensión del comentario).

Como suele ocurrir en el cine de Seles, coral y polifónico, hay muchos otros personajes: la hija de uno de los hermanos, empleada farmacéutica aunque nunca recibida como tal, un mozo enamoradizo encarnado por Lorenzo “Toto” Ferro, una clienta/amiga de la casa obsesionada con el hecho de que sus dos hijas, ambas llamadas Luján, comiencen a estudiar la carrera de director de orquesta.

El cosmos Seles es similar al nuestro, pero posee reglas propias e intransferibles. Como sus films previos, The Bewilderment of Chile está construido a partir de secuencias –las breves y las extensas– aparentemente dispersas; el desarrollo del relato nunca es lineal y es la acumulación de viñetas, y no tanto las acciones seguidas de reacciones, lo que determina la estructura final.

A una charla franca entre los dos hermanos (interpretados por los hermanos en la vida real Gonzalo y Javier García-Pelayo, ambos españoles, el primero de ellos también cineasta y productor del film), subidos a un ascensor que no deja de subir y bajar, puede seguirle la voz en off de una locutora chilena cuyo podcast sobre música barroca es escuchado de este lado de la cordillera.

Y una conversación en un local de música donde el pedido de un trabajo se debate entre el “auxilio y socorro”, y la “colaboración” puede estar directamente encadenada a una práctica de básquet en un club de barrio.

Hay una novedad, sin embargo: en el opus diez de Seles (hay obras previas, gestadas allá por 2005, bajo la gracia de Rocío Fernándes) el humor reinante en casi todas sus películas no desaparece, pero compite fuertemente con una sensación de tristeza que copa la parada emocional. Puede resultar extraño en una/s historia/s que alterna/n el absurdo con el disparate, a veces al borde de una obsesión esquizoide que los personajes exudan hasta empapar cada plano, pero el tono que permanece al final de la proyección es el de una melancolía ligeramente angustiosa. Así lo demuestra, por caso, el extenso intercambio entre uno de los hermanos Ritz y el conserje de un hotel de la “Silver City”: lo ridículo y absurdo deriva en malestar y desconsuelo.

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